Hay veces que crear un personaje cuesta mucho trabajo; uno ha de darle una edad, una ciudad, unos deseos, una historia que habitar. Hay ocasiones, en cambio, en las que se diría que el personaje existía antes de que una se decidiera a inventarlo. Esa es mi relación con Manolito. Parece que el niño carabanchelero hubiera estado acechando en un banco del parque del Ahorcado a que una escritora pasara por allí para contarle su vida, la de sus amigos, la de su familia, la de su vecina la Luisa.

Yo le escucho desde hace mucho tiempo, llega hasta mí con esa misma voz que creé para él en la radio, cuando nació como personaje hace ya... Hace muchos años. Ha crecido de tal forma su personalidad que si oigo alguna grabación antigua no tengo la impresión de ser yo interpretando a un niño, sino de estar escuchando a un chaval de carne y hueso. Es aquella voz de Manolito la que siempre me acompaña a la hora de escribir sus aventuras. A veces he tenido la impresión de que fuera esa voz la que me susurrara al oído y me dictara a su capricho.

Nada hay de premeditado en las correrías de Manolito por su barrio, yo soy la primera sorprendida de su gran autonomía. No puedo hacer nada, por ejemplo, para evitar que se junte con Yihad, el chulito del colegio. Me gustaría decirle que no jugara con él, porque siempre sale perdiendo o que le plantara cara de una vez por todas, pero lo que Manolito siente por ese pequeño macarra es muy poderoso: es miedo, pero también admiración. No puedo evitar que llame a su hermanito el Imbécil, dejando a un lado que, con el tiempo, ese mote se ha ido convirtiendo en un apelativo cariñoso. Me gustaría advertirle de ciertos peligros antes de que se la cargue con su madre, pero no puedo meterme en su vida, ni darle lecciones morales, ni avisarle de lo que está bien o mal dicho, eso le corresponde a su sita Asunción. Yo sólo puedo asistir, sin opinar, a su conocimiento del mundo.

Siguiendo sus pasos, escribiendo Manolito Gafotas, me he reído muchas veces –seguro que Manolito se mosquearía si lo supiera, los niños tienen mucho sentido del ridículo– porque este niño tiene una mezcla de ingenuidad, lenguaje técnico traído por los pelos y sabiduría, que a mí me hace mucha gracia.

Querría que los chavales de todos los tiempos que leen este libro se sintieran identificados con mi héroe, un héroe sin poderes sobrenaturales, un héroe que no es el más listo, ni el más fuerte. Que no es un líder, pero tiene una gran conversación, sentido del humor y ganas de conocer su inmenso mundo (mundial), que se resume en un barrio llamado Carabanchel Alto. Creo que eso es lo que uno desea en un compañero de viaje.

También estoy segura de otra cosa, decía que Manolito existía antes de existir en mis libros, que estaba esperando a que alguien acudiera a conocerle. Pues bien, ese descubrimiento sólo podía hacerlo esta autora que os lo presenta porque Manolito se parece mucho a alguien que yo fui hace…, hace mucho años, y que sigo siendo hoy en día a ratos, cuando me dejan.

Elvira Lindo